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Carta de Despido
por Katia Molina P., Socióloga.
12 de enero de 2016

En los últimos días de diciembre, más allá de las fiestas de fin de año, algunos trabajadores reciben muy malas noticias. Hemos escuchado del despido de muchos profesores en distintos colegios y renovación de planteles de educadores para el 2016. Así también, hemos sabido de la angustia de los trabajadores a contrata y honorarios que esperan la confirmación de sus puestos de trabajo.

Las cartas de despido, la no renovación del contrato, el término de los proyectos o las faenas, son una serie de formas de incertidumbre que tendrá que ser domesticada por la acción individual de cada uno de los trabajadores afectados. Antiguamente, para despedir a un trabajador o trabajadora, se necesitaba argumentar profusamente el caso. Actualmente, basta aplicar el artículo 161 “por necesidad de la empresa” para arrojar a cientos de trabajadores a la calle.

El patrón, sea este quien sea (las hermanitas de la Caridad, Fundación Mi Casa, Opción o el Hogar de Cristo; ONGs de gran prestigio, alguna Ilustre Municipalidad, o los Ministerios, etc.) se comporta como una empresa cualquiera más. Porque al ser los derechos sociales privatizados y entregados al mejor postor, a través de la normativa jurídica que nos rige, no sirve bajo que signo se cobije, todos los patronos actúan de la misma forma, intentado reconocer la relación laboral por el menor tiempo posible y trascurridos los meses se deshacen de los trabajadores que le podrían hacer incurrir en gastos por años de servicio. Esto indudablemente les sucede a los trabajadores a contrata de diferentes reparticiones públicas, donde el Estado chileno es su empleador directo.

Sin duda, los trabajadores a honorarios son los más precarizados, porque ni siquiera se les reconoce la relación laboral, convirtiéndose en simples prestadores de servicio. Relaciones laborales encubiertas, caracterizadas por su invisibilidad. Es que al parecer, el patrón se salvaguarda de las obligaciones que le imponen cierto reconocimiento de derecho. Esto se ha naturalizado con gran facilidad como parte del discurso que avala la flexibilidad la que se consolida de hecho y derecho, como la única forma posible de trabajo, a través de la Reforma Laboral que se discute en el parlamento y que tantas ronchas ha sacado.

De esta forma, el capitalismo mundializado nos reduce, somete y transforma sólo a una ventaja comparativa del mercado. De más está decirlo, que el despido es una de las formas de mayor violencia, a la que se somete a los trabajadores, pero es totalmente invisible en nuestros días.

Katia Molina P.
Socióloga
Investigadora Fundación Sociedad y Trabajo
 
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